La difusión y propagandización de la industria de licores nacional y mundial, derivada de la caña, cebada, vid, etc. Esto motiva una modificación de los hábitos de consumo en las comunidades lambayecanas, sobre todo en las generaciones más jóvenes, originando el retroceso y cada vez menor consumo de bebidas tradicionales como es la chicha de jora o maíz germinado que si bien su nombre es de origen antillano, ya que durante el Tahuantinsuyo se denominaba ASUA o ACJA; la Chicha es el auténtico licor y bebida peruana autóctona difundida en toda el área andina sudamericana, pero en la actualidad a nivel local se está convirtiendo en una bebida de «Cholos y Chinas» de escasos recursos en el sentido despectivo de la expresión.
A la chicha le está sucediendo algo parecido a lo que ocurrió con algunas comidas andinas, que están siendo redescubiertas, porque fueron discriminadas por los españoles desde el primer momento del choque cultural como es el caso de la achira que fue clasificada como comida de indios y poco a poco fue retrocediendo su consumo hasta ser considerada una planta ornamental cuyo cultivo para alimentación se reduce a las comunidades andinas más alejadas.
Sin embargo, la chicha en el pasado, además de constituirse prácticamente en el agua cotidiana para calmar la sed, era un símbolo de poder y riqueza, convirtiéndose en la bebida predilecta de la población prehispánica, utilizada como un elemento indispensable en la redistribución económica de los señores étnicos yungas para con el pueblo e insustituible en las labores agrícolas comunales y toda clase de festividades y ritos.
Si bien en algunos pueblos de Lambayeque como Monsefú, Mórrope, Eten, etc., existen actividades milenarias como la preparación y consumo de bebidas, la chicha sigue vigente, organizándose eventos donde se recrea y diversifica los ingredientes que componen la chicha motivados por la creciente comercialización local y atracción turística. En cambio, en otros lugares no ocurre lo mismo. Uno de estos lugares donde han sido escasos los trabajos sobre cultura popular y los realizados no han tenido en cuenta la chicha como elemento de continuidad cultural prehispánica hasta la actualidad, es Reque; porque a simple vista no es muy notoria su utilización, pero nada más alejado a la realidad, pues si realizamos un simple estudio al respecto, nos encontramos con la existencia de decenas de lugares de elaboración y expendio llamadas chicherías.
Según el decimista recano profesor José Huertas Medianero, en las últimas décadas en Reque han funcionado unas 57 «chicherías» algunas de ellas desaparecidas; cuyo nombre tiene significado y origen diverso como: El Tumbo, La Parra, El Algarrobo, Pasamayo, Los Profesionales, Guayabo, Pastoríta, El Sol, Chamaya, Santito, Justita, Teodora, etc. Algunas de las cuales todavía utilizan métodos tradicionales para la elaboración como: la taberna, los mulos, tinajas de enfriamiento y fermentación. Actualmente en Reque existen unas 10 tabernas (de 3 a 6 mulos cada una) cuyo número debió ser mucho mayor en el pasado, ya que los datos históricos así lo corroboran, haciendo pensar que no es una invención sin fundamento histórico afirmar que el nombre de Reque deriva probablemente de la palabra mochica RECKSI que significaría «Espuma de la Chicha».
Si visitamos los restos arqueológicos en Reque de origen Moche, Lambayeque, Chimú e Inca, se hallan abundantes fragmentos y hasta piezas semi completas de mulos, tinajas, mates extraídos por huaqueros, constituyendo un testimonio material que evidencia la fabricación de chicha desde tiempos prehispánicos.
Bartolomé de las Casas, dominico cronista de la conquista, afirma que era costumbre de los señores yungas costeños ser acompañados en sus paseos y desplazamientos por un séquito de decenas de personas, entre las cuales se destacaban los chicheros, llevando mulos de chicha para que en las escalas que se hacían en el camino se pudiera degustar esta bebida como una compensación que el curaca o cacique hacía a sus subordinados, dato que es corroborado por el príncipe de los cronistas Pedro Cieza de León.
De igual forma, se conoce que la chicha era un elemento de redistribución económica de la riqueza o excedente de producción acumulado por los señores étnicos, que debían dar a sus mitayos cuando estos le trabajaban sus tierras o le brindaban otra clase de prestaciones de servicio personal en favor del cacique o su comunidad. De esta forma, los mitayos envueltos en un clima de fiesta y embriaguez trabajaban alegremente. Esta es la costumbre ancestral que se sigue dando en las faenas agrícolas comunales o mingas.
Cuando arribaron los españoles a estas tierras, el cacique de Reque Xancol Chumbi dio de beber chicha a los conquistadores como símbolo de amistad y sumisión.
En los inicios de la colonia (1596) se menciona en un juicio por la herencia del cacicazgo de Reque, que las tabernas eran unas de las insignias del cacique, constituyéndose la chicha en una bebida ligada al poder y símbolo de distinción; arrebatarle esta insignia al cacique significaba una ofensa, disminución de su poder y negarle un elemento de redistribución económica de la riqueza hacia su pueblo, como le sucedió al cacique recano Gonzalo Millón, por mandato del corregidor de Saña.
A través de la historia recana, la chicha no sólo ha servido como un elemento de embriaguez o para calmar la sed; sino también como alimento, como sucedió en 1578, cuando las lluvias inundaron el pueblo, y el malz acumulado en los grandes almacenes caseros se convirtió en jara, por lo que fue aprovechado como chicha, disminuyendo la hambruna que aquejaba al Común de Indígenas de San Martín de Reque.
Esta bebida también fue utilizada por los españoles para enriquecerse; este es el caso del corregidor del partido de Saña don Gabriel de Doria, quien fue enjuiciado por el cacique de Reque, Gabriel Martín Yalán en 1611, porque el corregidor, contraviniendo las reales ordenanzas, estableció un monopolio para la venta de la chicha en los cinco principales pueblos de indios: Reque, Chiclayo, Collique, Callanca y Monsefú; sin consentir que persona alguna le hiciera competencia y teniendo en cada una de las tabernas que administraba un chichero y dos mitayos.
Si bien, en la actualidad, la elaboración de la chicha es una actividad predominantemente femenina, en el pasado era costumbre que la chicha fuera preparada por hombres, como afirman testimonios de ancianos y leyendas prehispánicas. Hoy en Reque todavía quedan chicheros, como Don Antonio Puyén, quien afirma que sus tíos le enseñaron a preparar la chicha en taberna.
Estas situaciones constituyen testimonios de las etapas prehispánica y colonial, además de toponimias como Recksi y la continuidad cultural que ha llegado hasta la actualidad, aunque muy disminuida, nos hace pensar en la existencia probable de una parcialidad de chicheros en el Señorío de Chuspo, del cual Reque formaba parte conjuntamente con Callanca y Monsefú. Estos chicheros conformaban una casta por la especialización productiva.
Durante La Guerra del Pacífico, los chilenos que ocuparon Lambayeque gustaban de la chicha, por lo que los recanos, movidos por el odio y como forma de rechazo, les obsequiaban chicha mezclada con piñones, originándoles problemas estomacales.
Hasta hace algunas décadas, cuando los cañaverales comenzaban a formar parte de la campiña recana, existían en Reque y en el vecino distrito de Monsefú muchos trapiches que elaboraban miel de caña, utilizada como ingrediente de la chicha de jora para producir rápida fermentación, evitando que se masticara la jora como se hacía antiguamente.
Sin tratar de hacer una apología de las bebidas alcohólicas, debemos aclarar que la chicha no necesariamente tiene carácter alcohólico; también se utilizó para calmar la sed. Esta bebida forma parte de la cultura popular y de la identidad cultural, constituyendo un patrimonio común y una de las cartas de presentación para el turismo.
El origen del «tamal», podemos ligarlo a la tradición gastronómica prehispánica Mesoaméricana, que supo ganar su espacio en la mesa del conquistador, y aún en la actualidad, por ejemplo son famosos los tamales mexicanos.
No sabemos desde cuándo se consume el tamal en el Perú, y quizás nunca lo podamos averiguar, pero hipotetizamos que los secretos de su elaboración debieron llegar con las hordas de conquistadores o funcionarios de la corona venidos de tierra firme o del Virreinato de México, que generalmente arribaban a nuestro país con sus «indios auxiliares», algunos de los cuales, por los años que trabajaban con ellos, tenían funciones domésticas. La exquisitez del plato y la existencia de un potaje local de similares características, como la humita, debieron favorecer su popularidad y difusión.
Las primeras referencias bibliográficas del tamal en nuestro país datan de mediados del siglo XIX, mencionando que «este plato no faltaba en las comidas regulares de la clase media limeña».
En lo que respecta a cuándo se comenzó la elaboración del «tamal» en Lambayeque, y en especial en Reque, testimonios de ancianos de este pueblo informan que desde la época de sus abuelos o bisabuelos ya se saboreaba este aperitivo, lo que nos indicaría su popularidad desde la colonia. Con el correr de los años, el «tamal» se fue constituyendo en el plato típico de los recanos.
La receta del «tamal» fue pasando de generación en generación, y debido a su exquisitez, su consumo fue en aumento, especialmente en la cada día más creciente urbe de Chiclayo. Esta demanda originó que apareciera en Reque un grupo de familias dedicadas a la elaboración y expendio del tamal, favorecidas por algunas características de este plato, como su duración y fácil transporte. Desde entonces, se volvió común observar por las calles de Chiclayo, así como de algunos otros pueblos del Departamento, a las tamaleras recanas pregonando su producto.